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Se ha celebrado en la Cámara de Oficiales de la Armada, en Madrid, la entrega del Premio Milicia Naval Universitaria en su primera edición. El acto fue presidido por el jefe de la Jurisdicción Central de la Armada, vicealmirante Jesús Bringas. acompañado por el jefe de su Estado Mayor, el presidente de dicha asociación, doctor ingeniero Ángel F. Fernández, junto con un numeroso grupo de sus miembros acompañados por sus esposas.
El presidente de la MNU recordó en unas palabras que habían pasado por la Armada 57 promociones de universitarios, cumpliéndose en este año 2003 los 60 años de su creación y que, a pesar |
de haber desaparecido esa modalidad para cumplir el servicio militar, con la profesionalización de las FAS, habría que arbritar alguna vía para que tal prestación pudiera seguir hermanando a los profesionales civiles con sus FAS.
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El premio fue concedido por la junta de gobierno de la Asociación en su reunión celebrada en Madrid el 16 de julio de 2003. Además del artículo presentado por Juan J. Esteban Garrido. que reproducimos a continuación al haber obtenido el primer premio, se otorgaron los accésit a José Mª. Adán, J. A. Sánchez Bustamante. José Mª. Ayala y Alvaro de Zunzunegui.
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A bordo de la Escuela Naval Militar |
Comenzaba el último trimestre de 1994 y en la puerta de la Escuela Naval Militar, que luego supe de "Carlos V", se daban cita 150 flamantes universitarios de toda España que, tras la reglamentaria criba, habían conseguirlo plaza para realizar el servicio militar en la Armada como cuadros de mando. Nuestro ego no se hallaba precisamente en sus horas más bajas: recién titulados, como era mi caso, o a punto de serlo, con la alegría de la edad y la perspectiva de una mili confortable, el mundo nos sonreía. Al otro lado del majestuoso arco que enmarcaba la entrada, una banda de música de Infantería de Marina en formación aguardaba nuestro ingreso, revistiéndolo de una cierta solemnidad que halagaba nuestra vanidad. Además, el día era espléndido. ¿ Qué más se podía pedir? Un guardia marina nos fue nombrando uno a uno desde el atril con micrófono instalado para la ocasión. Franqueábamos de ese modo el umbral de la Escuela Naval Militar, cuna de oficialidad de la Armada española, ubicada, como es sabido, en Marín, en plena ría de Pontevedra. Aquellos escasos pasos nos llevaron en tan corto trayecto a un mundo insospechado. Acabábamos de "embarcar" en la Escuela Naval Militar. A medida que íbamos "poniendo pie en cubierta" se nos indicaba nuestro sitio en la formación, con ese lacónico lenguaje tan propio de la milicia, para colocarnos dependiendo del cuerpo al que pertenecíamos (yo era del Cuerpo General, según me dijeron). Las alusiones a nuestra compostura física, "cabeza erguida", "pecho fuera", "barriga dentro", comenzaron a hacernos sospechar que a lo mejor nos las habíamos prometido demasiado felices. No obstante, estábamos seguros de que era algo coyuntural que necesariamente tenía que mejorar. "Formados ", marchamos un trecho, mientras la banda interpretaba un alegre pasodoble, hasta llegar a un punto de la explanada del muelle, donde el comandante-director nos dirigió unas breves y afectuosas palabras de bienvenida que nos reafirmaron en nuestras suposiciones. Respiramos aliviados: todo parecía reconducirse por los derroteros previstos. No podía ser de otra manera. ¡Por algo éramos universitarios! El espejismo tardó bien poco en disiparse. De repente, nos quedamos solos. Ni comandante, ni música. ¡Todos desaparecidos en un santiamén! Bueno, casi todos, porque en aquel preciso momento nuestros pabellones auditivos comenzaron es registrar un nivel de decibelios inusualmente elevado, procedente de las vigorosas gargantas de la terna de guardias marinas asignada a nuestra brigada (en ese momento conocimos, a voz en grito, que éramos la novena brigada Alfa, que debía ser mejor en todo que la Bravo). Dicha terna en la ENM siempre ha estado compuesta por: "El bueno", guardia marina excelente, cuyo nombre (Dios me perdone) no recuerdo. "El feo", brigadier Seijo. "El malo ", brigadier Pérez Núñez. Voces tan melodiosas y almibaradas iban acompañadas por el coro no menos celestial de los oficiales de la brigada (tres alféreces de navío y una teniente de navío): "El bueno", de nombre lamentablemente olvidado. "El feo" alférez, de navío Montojo. "El malo", alférez de navío Torrente. El comandante de brigada, teniente de navío González-Llanos. Derribados a golpe de cuerda vocal de nuestro pedestal universitario, nos encontramos inmersos en un proceso que aquellos patios y muros ya debían de haber presenciado muchas veces: gritos, carreras, y una actividad frenética se convirtió en nuestra realidad, una realidad en la que "la principal hazaña era obedecer" y en la que, para terminar con los pocos humos que nos pudieran quedar, se nos repetía a cada paso la consideración que merecíamos a nuestros mandos de brigada con la siguiente muletiIla: "Sois la escoria de la escoria. Lo peor que ha pasado por aquí". Nuestro desenfadado deambular de universidad se tornó carrera permanente porque "todavía no os habéis ganado el derecho de andar". Nuestros títulos y oropeles se contrajeron en un escueto aspirante de primera y recibirnos esos días la mayor lección de humildad de nuestra vida. Descubríamos con asombro e incredulidad un mundo en el que la disciplina, la obediencia y el orden inspiraban cada una de las actividades diarias: en la mesa, en la explanada del muelle durante la instrucción, en las clases, en el estudio y hasta en el sollardo, adonde al final de la jornada, una vez acostados, completamente agotados (y pensábamos la primera noche que a salvo), recibíamos el último rapapolvo del día de uno de los guardias marinas, que nos recordaba durante una hora todas las felonías y actuaciones vergonzosas que desde el punto de vista militar habíamos cometido durante la jornada. Nadie se perdía una palabra, a pesar de que los párpados se desplomaban, pues al primero que se rindió a los brazos de Morfeo, la debilidad le costó 50 flexiones adicionales que llovían sobre mojado. |
Conocimos también, de primera mano, la importancia de la «politica», el respeto que se debe a lar bandera como símbolo supremo de la patria, la saludamos en el orto y en el ocaso, escribimos miles de veces el artículo 72 de las Reales Ordenanzas de las Fuerzas Armadas, que en unos renglones da la mejor definición que yo haya leído jamás del comportamiento que debe observar un oficial, y que con muy poca imaginación puede aplicarse al quehacer cotidiano de cualquier persona. Estudiamos, corrimos, desfilamos y sudamos bajo aquel cielo gallego hasta el agotamiento, hasta pensar que ya no podíamos más, que aquello no era racional, para escuchar justo en ese instante una voz siempre oportuna que te llamaba por tu nombre, mejor dicho tu primer apellido, diciendo: ''Esteban, ¿no te da vergüenza? ¡Cuando tu mente dice que no puede más, tu cuerpo aguanta todavía un rato! ¡Vamos! ¡Arriba! ¿Tú quieres ser oficial de la Armada? ¡Corre delante de mí! ¡Delante! ¡Rápido!... ". Y te levantabas y corrías y hubieses llegado al mismo infierno porque ese gusanillo de "ser oficial de la Armada" iba calando en ti, como lo hacía la fina lluvia pontevedresa en las formaciones.
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![]() | A pesar de los reniegos, de las críticas, con el paso de los días notabas que no eras el mismo. El porte, el vocabulario y hasta el alma ya creo que nos cambió. Sirva, para ilustrar tal aseveración, de muestra un botón, de ancla, por supuesto: un día, al finalizar una de aquellas carreras agotadoras, mientras derrumbados sobre la refrescante hierba de la pista de atletismo nuestra mente se centraba en la siguiente galopada hasta el soldado, cavilando concienzudamente sobre el modo de cruzar la explanada, ducharnos, cambiarnos y presentarnos en nuestro sitio en el tanteador, con el sudor chorreando por la cara, pero eso sí inmaculadamente blancos de los |
pies a la cabeza, todo en cinco minutos, nuestro comandante de brigada, por cierto tan fresco como si no hubiese corrido con nosotros, aprovechaba como cada jornada hacía el oficial que nos acompañaba en la carrera, para intentar inculcarnos los principios de la milicia: honor, abnegación, austeridad, amor al servicio y a España eran términos que brotaban de sus labios como agua de fresco manantial derramándose por nuestras cabezas todavía, en muchos casos, a medio amueblar. Cuando, como otras veces, la prédica parecía haber concluido, su vista nos recorrió uno a uno, como analizando el efecto de sus palabras entre lo que él debía considerar. y no sin acierto, audiencia díscola y escéptica, y añadió con énfasis: ''Que no se engañe nadie, el que no se entregue aquí, no se va a entregar en ninguna parte, y sin entrega no hay honor ni militar ni Andanada tan certera desarboló a más de uno y, aún hoy, después de todo el tiempo transcurrido, esas palabras acuden a mi cabeza con el mismo efecto revulsivo y penetrante que causaron en mí la primera vez.
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| Hubo también, y no voy a obviarlo, momentos de incomprensión, de desánimo, de desencuentro, de injusticias si se quiere. Parecidas todas a las que la vida real nos ha deparado con posterioridad y que cualquier espíritu despierto y generoso reconocerá contribuyeron también a "curtirnos" pero que no ensombreció, en ningún caso, la impagable labor en la forja de hombres de bien, laboriosos, íntegros y eficaces, prestos a servir a España con o sin uniforme, que la Armada ha realizado durante años, brillantemente y sin grandes alharacas. | ![]() |
No en vano esa labor anónima, y callada que la Armada ha realizado con la juventud española, y que yo tuve la suerte de conocer de primera mano en esa época de mi vida, ha contribuido, y no poco, a mantener encendida la llama viva de los ideales de honor y patria, lealtad y entrega, disciplina y abnegación, amor al servicio y al trabajo que, junto con una inquebrantable voluntad de vencer las dificultades del día a día, constituyen de manera incontestable los pilares fundamentales sobre los que se asientan la gloria y el progreso de una nación.
Opinión que, por lo leído, el gran filósofo hispano-romano Lucio Anneo Séneca compartía ya hace nada menos que 2.000 años, justo en los albores de esta nación que juramos defender, cuando sentenció: "La gloria es la sombra de la virtud, aun sin ésta quererlo, la acompañará". Y, amigos míos, "virtud", en la más amplia acepción del término, es lo que la Armada intentó inculcar en nosotros mientras permanecimos a bordo de la Escuela Naval. |
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Abusando quizá de la paciencia del lector, no puedo, a fuer de bien nacido, concluir sin romper con toda sinceridad, una lanza en defensa de la utilidad tanto social como personal de este periodo transcurrido bajo la disciplina y la tutela de la Armada española. Las lecciones recibidas, siempre impregnadas por esa sobriedad y ese saber hacer austero, de tanta raigambre en la milicia, constituyen un ingente bagaje que perdurará en la mente y en el corazón de quienes tuvimos el inmenso honor de servir a España como oficiales de la Armada española durante nuestro servicio militar.
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Quizá no estén de moda estas ideas, quizá no podamos aspirar a que sean masivamente compartidas, quizá ya casi nadie recuerde otra frase del gran Séneca tan breve como contundente "la Vida es milicia, vivir es guerrear". Ahora bien, lo arriba escrito lo he hecho desde rnis 34 años y sintiéndolo muy hondo. Tan hondo como espero lo sienta mi hijo, que ahora tiene dos años y medio. |
Juan José Esteban Alférez de fragata del C.G. (SFCM) Ingeniero de Caminos, Canales y Puertos. |
| REVISTA GENERAL DE MARINA - DICIEMBRE 2003 | ![]() |